miércoles, 18 de diciembre de 2013

CAPITULO 2

Menos de diez minutos después cesó todo el fragor del combate, aunque cientos de pasos aporreaban la cubierta. Lali permaneció en el camarote, a pesar de lo mucho que deseaba salir y enterarse de qué había pasado. Lo único que podía hacer era esperar con aterrada expectación.

Se estremeció al oír pasos que descendían por la escalera. Alguien intentó abrir la puerta.
—¡Está cerrada con llave! —bramó una voz. 

Lali dio un salto cuando un objeto contundente golpeó la puerta astillando el fino panel de madera. Con decisión, amartilló la pistola. Otro golpe y las bisagras rechinaron.

La joven se secó el sudor frío que perlaba su rostro. Se llevó el cañón de la pistola hasta la sien. Al notar el contacto del metal, su cabeza se convirtió en un hervidero de pensamientos. Si Pablo había muerto no quería seguir viviendo. Y si no usaba el arma para acabar con su propia vida en ese momento, tendría que afrontar un horrible destino en manos de aquellos crueles bandidos del mar. Pero algo en su interior se rebeló ante la idea de apretar el gatillo. Respiró hondo y relajó la mano.

La puerta acabó cediendo. Paralizada, Lali observó a los dos hombres que irrumpieron en el camarote, ambos morenos y desaliñados. El más bajo empuñaba una corta espada curva y el otro, un garfio de abordaje manchado de sangre.

El hombre de menor talla, aunque de aspecto duro, bajó la espada, se relamió y le dedicó una mirada penetrante.

—Baja el arma—ordenó con marcado acento americano, haciendo un gesto hacia la pistola.

Lali no pudo responder. «Hazlo ahora —insistió su mente—. Acaba con todo...» Pero lo que hizo fue bajar el brazo. Sintió una punzada de odio hacia sí misma por ser demasiado cobarde para quitarse la vida.

—Voy a tomar mi parte del botín ahora mismo —le dijo un pirata al otro. Entreabrió la boca, mostrando una dentadura amarillenta, y echó a andar hacia ella.

Como guiada por una fuerza ajena, Lali alzó la pistola y apretó el gatillo. La bala que tendría que haber puesto fin a sus días se hundió en el pecho de aquel hombre. Una mancha carmesí fue extendiéndose por su sucia camisa. La sangre salpicó en todas direcciones y Lali se oyó gritar cuando el hombre cayó a sus pies.

—¡Maldita zorra! —Furioso, el otro pirata la agarró del brazo y la lanzó contra un tabique.

La pistola cayó de su mano y su cabeza golpeó contra la dura madera. Casi perdió el conocimiento, sumiéndose en una niebla gris. Gimoteó mientras tiraban de ella escaleras arriba hasta la cubierta, donde la arrojaron sobre el entarimado. Por todo el barco se oía ruido de voces, barriles y cajas trasladados de un sitio a otro. Un extraño olor se mezclaba con el del agua salada y la brisa marina.

Lali parpadeó con fuerza varias veces y logró sentarse. Vio cómo un pirata dejaba caer un cajón con pollos, parte de los animales vivos que el Golden Star llevaba para que la tripulación dispusiese de carne fresca. El cajón se rompió y las asustadas aves huyeron en todas direcciones, provocando carcajadas y exabruptos. Al observar la dantesca escena que la rodeaba, Lali se llevó una mano a la boca para contener las náuseas.

Había cadáveres por todas partes, con horripilantes heridas, miembros amputados y ojos vidriosos e inertes... La sangre corría por la cubierta. Reconoció algunos de los rostros sin vida: el tonelero de la embarcación, siempre tan alegremente ocupado con sus aros metálicos y sus tablas; el encargado de las velas; el cocinero; el muchacho que hacía las veces de sastre y zapatero; algunos de los oficiales con que Pablo se había sentado a la mesa. «Pablo»... Se lanzó frenéticamente hacia los cuerpos, desesperada por encontrar a su marido.

Un pie calzado en una bota la devolvió al suelo de la cubierta. Lloró de dolor cuando una mano la agarró por el pelo y tiró de ella hacia atrás. Inmóvil, clavó la mirada en los ojos más crueles que jamás había visto. El hombre, bien afeitado y de tez morena, tenía una mandíbula angulosa y su nariz era una marca de resolución en su bien dibujado rostro. Llevaba el cabello castaño rojizo recogido en una tirante coleta. Al contrario que los demás piratas, vestía ropas de calidad, sin duda confeccionadas a medida para su enjuta complexión.

—Me has costado uno de mis mejores hombres —dijo con sequedad—. Pagarás por eso. —Evaluó su cuerpo de caderas estrechas y pecho escaso con una mirada fría. Ella intentó bajarse el dobladillo del vestido, que dejaba a la vista sus pies desnudos y sus pantorrillas. Él sonrió revelando una irregular dentadura—. Sí, le servirás de entretenimiento a mi hermano André. —Le tiró otra vez del pelo haciéndola gemir de dolor—. André necesita una provisión constante de mujeres. Por desgracia, nunca le duran mucho.

Un pirata se le acercó. Era un joven achaparrado con los brazos y el pecho voluminosos.

—Capitán Legare, todavía nos llevará una hora trasvasar lo mejor del cargamento. No hay mucho oro, señor, pero sí buenas mercancías; canela, coñac, vasijas de aceite...
—Bien. Al resto de la tripulación encerradla en la bodega. Prenderemos fuego al barco cuando nos hayamos alejado. Ata a esta joven y guárdala con el resto del botín. Nos la llevamos a la isla. Y dile a los hombres que no la toquen. Es para André.

Al oír hablar de la tripulación del Star, Lali intentó liberarse.

—Lali: ¿Ha quedado alguien con vida? —preguntó entre jadeos.

El joven tiró de ella y se la llevó como si no la hubiese oído.
—Lali: S'il vous plaît, aidez-moi —suplicó ella. Al comprender que el joven no podía entenderla, pasó al inglés—: Ayúdame, por favor. Mi marido tal vez está vivo... Él... él te hará rico a ti si ayudas. Es un Vallerand, Pablo Vallerand...
—Si está vivo no será por mucho tiempo —replicó el pirata fríamente—. Legare no deja a nadie vivo por donde pasa. ¿No habéis oído hablar de los hermanos Legare? Son los amos del Golfo. Sólo un tonto intentaría cruzar...

El joven fue interrumpido por un grito de horror.

—Lali: ¡Pablo! —se retorció frenéticamente, mordiendo y golpeando, y el pirata tuvo que soltarla con una maldición. Ella se abalanzó sobre un cuerpo tendido sobre cubierta—. ¡Oh, Dios mío, Pablo!

La camisa de su marido estaba empapada de la sangre que manaba de una herida causada por un arpón. Tumbado de espaldas, tenía los ojos cerrados y la boca torcida en una mueca de dolor. Sin dejar de llorar le buscó el pulso en la garganta. No detectó signo alguno de vida. Cuando intentó volver el cuerpo, el capitán la alcanzó de nuevo.

—¿Éste es vuestro marido? —preguntó con desdén—. Menudo rescate conseguiré por un hombre muerto. —Y con un decidido movimiento cogió el cuerpo de Pablo y lo lanzó por la borda. Cayó al agua y quedó flotando entre los otros cadáveres.

Lali se quedó sin respiración. Una ola negra pareció engullirla. Sin poder evitarlo, se desmayó en brazos del pirata.
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Bueno, me parecería mejor si me poneis vuestras opiniones donde los comentarios.. Subo capitulo, espero que os guste! 

+5 Y SUBO MÁS.
 @EscuderiaLalita

3 comentarios:

  1. Og, qué desagradable lo del pirata, me da pena de Lali, yo soy ella y me tiro directamente por la borda o algo JAJAJA

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  2. OMG..siiisteeeer..me re encantaa esta historiaa..pobre Pabloo..mataria a ese...maldito seaa..por lo.menos el.hermano.es lindo??jajaja..ya quieo mmass..:* :*
    @pl_mialma

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