viernes, 27 de diciembre de 2013

CAPITULO 36



Lo mantuvieron sedado todo el día siguiente, pues pensaron que era el único modo de mantenerlo tranquilo y permitir que sus heridas sanasen más.

—Gime: No nos pondrá las cosas fáciles —dijo con pesar—. Es posible que hayas visto pacientes malos en el pasado, Lali, pero te aseguro que Peter demostrará ser el peor.

Peter estaba demasiado atontado para resistirse, así que Gimena y Lali le administraron otra pequeña dosis de láudano.

Por desgracia, cuando finalmente recobró la conciencia, quedó claro que la predicción de Gimena había sido plenamente acertada. Estaba de un humor de perros, cada palabra que decía parecía un escupitajo. Incluso se mostró ofensivo con Gimena.

—Peter: Tráeme algo decente para comer —gruñó—. No quiero esta comida para cerdos.
—Gime: Todavía no puedes comer de forma normal.
—Peter: ¡Entonces no me traigas nada! —Para reforzar su negativa, levantó el pequeño cuenco con caldo con la mano buena y lo lanzó al otro extremo de la habitación.

Gimena salió de allí hecha una furia, y poco después envió a una asustada criada para que limpiase el desaguisado.

Peter se llevó la mano a las doloridas costillas cuando oyó a la sirvienta limpiando la habitación. Le dolía la pierna. También el hombro y un costado. Pero lo peor era el penetrante dolor de cabeza, un dolor que parecía profundizar un poco más con cada latido de su corazón. Cuando se había quejado de ello horas antes, Julia le había ofrecido sedarlo un poco más, y él la había maldecido y echado de la habitación. No quería dormir más. Quería salir de la cama y caminar, quería que la cabeza dejase de dolerle, y por encima de todo quería escapar de aquella implacable oscuridad.

—Peter: Tú —le espetó a la sirvienta—. Acaba de una vez y llévale un mensaje a madame Val... a Lali. Dile que no podrá esconderse de mí para siempre. —Se detuvo, pensando que el mensaje podía no ser lo bastante explícito para traerla a la habitación—. Y dile que se me ha caído el vendaje del costado.


Transcurrieron unos tortuosos diez minutos hasta que oyó los pasos de Lali y olió su dulce fragancia.
—Peter: Te has tomado tu tiempo —refunfuñó.
—Lali: Tus gritos y maldiciones han disgustado a la gente de la casa —respondió ella fríamente—. Julia no deja de mascullar algo relativo a los maleficios, Gimena está roja como un tomate, y los niños están convencidos de que tenemos a un monstruo encerrado en esta habitación.
—Peter: ¡Pueden irse todos al infierno!
—Lali: ¿Qué le pasa a tu vendaje? —Se inclinó sobre él y deslizó la sábana lo suficiente para observarle el costado—. No se ha caído. —Apreció las profundas arrugas formadas en la frente de Peter y suavizó la voz—. Te duele la cabeza, ¿verdad? Después de tu rabieta no me extraña. Voy a cambiarte la almohada.

Él gruñó para asentir. Con cuidado, ella le alzó la cabeza, sacó la almohada aplanada y la reemplazó por una nueva. Rodeó la cama alisando las sábanas, después abrió la ventana para que entrase un poco de brisa fresca en la habitación.
—Lali: ¿Tienes sed?
—Peter: ¿Sed? No quiero que me des ese líquido asqueroso cada vez que...
—Lali: ¿Quieres que te lea?
—Peter: No. —Se llevó una mano a la frente, exasperado por el dolor y el tedio.

Lali le apartó la mano y deslizó los dedos por su cabello enmarañado, masajeándole las sienes y los costados de la cabeza. Todavía le sorprendía notar lo mucho que le gustaba el tacto de sus manos en la frente, los dedos en su cabello. Era extraño, dada su aversión a que le tocasen.

—Lali: ¿Así está mejor? —preguntó en voz baja. Si decía que sí, se detendría. Si decía que no, se detendría.
—Peter: Tal vez un poco —murmuró. Las ligeras caricias continuaron hasta que empezó a sentirse somnoliento. Suspiró suavemente, ella apartó las manos y se puso en pie—. No te vayas —le ordenó.
—Lali: No hay nada más que pueda hacer por ti.
—Peter: Léeme algo.

Ella fue a buscar un libro y regresó a la cama. Al sentarse, la seda de damasco crujió un poco. Peter volvió la cabeza hacia ella al escuchar su voz. Se trataba de una novela aburrida, pero le importaba bien poco. Le aliviaba oírla pasar las páginas y también su suave voz. Intentó imaginar su rostro, pero no lo recordaba con claridad. Sólo la maraña de su cabello castaño, sus mejillas y los oscuros ojos castaños.

Durante los últimos cuatro meses, Peter no había dejado de pensar en Pablo, y también en Lali. Le había resultado imposible imaginarlos juntos. Lo había intentado, pero no podía pensar en ella como la esposa de su hermano. Sabía que debía sentirse culpable por haberse acostado con ella, pero siempre había sido un defecto suyo el no sentirse culpable en los momentos adecuados. No estaba en absoluto arrepentido por lo sucedido entre ellos. ¿Con qué frecuencia pensaría ella en lo ocurrido aquella noche? ¿O había optado por no volver a pensar en ello? Justo antes de dormirse, imaginó que la almohada que tenia bajo la cabeza era su suave regazo.

Continuará...
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CAPITULOS 34 Y 35







Hora y media después, Lali volvió a la casa. Le llegaron los murmullos de una conversación proveniente del comedor, así como el aroma a pescado y maíz. Se preguntó cómo era posible que los Vallerand se sentasen a comer después de lo ocurrido. Ella había perdido por completo el apetito. Taciturna, caminó hasta la escalinata y se detuvo antes de empezar a subir, apoyando la mano en la barandilla.

Sintió como si tirasen de ella desde la planta superior, como si una fuerza impulsase sus pies a moverse antes incluso de percatarse de que ya estaba subiendo. Sintió como si unas finas cuerdas tirasen desde el interior de su cuerpo. La mano que apoyaba en la barandilla estaba húmeda a causa del sudor. Unos intensos escalofríos le recorrían la espalda. Peter la esperaba. Sabía que estaba subiendo las escaleras, estaba convencida de ello.

Recorrió muy despacio el pasillo, cubierto por lustrosas alfombras, y se detuvo frente a la puerta abierta de la habitación, con los ojos muy abiertos para observar la figura que yacía en la cama. Peter estaba sentado y volvió la cara vendada hacia ella. Ella no había revelado su presencia, pues había evitado hacer cualquier ruido que pudiera delatarla, pero él supo que estaba allí sin verla.

—Peter: Lali —dijo con voz ronca.

Ella se estremeció. Caminó hacia él poco a poco, y se detuvo junto a la cama.

Peter estaba inmóvil, absorto en ella. Así pues, era Lali el ángel que había cuidado de él. Sus manos frescas, su suave voz. Le había aseado y alimentado, le había obligado a tomar las medicinas, le había cogido de las manos, dando por sentado que no recordaría nada. Pero él sí recordaba, al menos en cierta medida. Y lo había hecho a pesar de odiarlo. ¿Por qué demonios lo había cuidado?

Peter sonrió sorprendido.

—Peter: Lali... —repitió con una risa propia de un pirata—. Mi pequeña esposa.
Ella se tensó. Ahí estaba la desagradable y burlona sorpresa que había esperado: su padre ya lo había puesto al corriente de la situación.
—Lali: ¡No soy tu esposa!
—Peter: Para el resto del mundo sí.
—Lali: No será más que... —buscó la expresión adecuada— un faux-semblant...
—Peter: Una farsa.
—Lali: ¡Eso es! Y no te habría ayudado de no haber sido porque tu padre me suplicó que lo hiciese.
—Peter: ¿Mi padre suplicó? Dios mío, me gustaría haber visto eso. Obviamente, me gustaría ver cualquier cosa. —Peter le agarró el brazo. A pesar de su irritación, Lali se sorprendió de su precisión. La atrajo hacia sí y colocó la mano sobre su cintura—. Has comido bien —observó. Ella se apartó con un gruñido de indignación—. Me gustas más así—dijo Peter—. Es muy incómodo meterse en la cama con una mujer que es poco más que un saco de huesos.
—Lali: Tú y yo nunca nos meteremos juntos en una cama —repuso con los dientes apretados—. Esa es una de las cosas que he venido a decirte. Estaré dispuesta a ayudarte a conservar tu miserable vida sólo si aceptas mis reglas. —Sacó un papel del bolsillo—. Las he escrito y las voy...
—Peter: Estoy de acuerdo —la interrumpió.
—Lali: Pero todavía no las has oído...
—Peter: Acepto tus reglas. Sean cuales sean.
—Lali: Quiero leértelas.
—Peter: Léemelas más tarde. Voy a estar tumbado en la cama unos cuantos días más a tu disposición.

Lali se mantuvo a una distancia prudencial, caminando alrededor de la cama. Él movía la cabeza como si pudiese verla. Ella se fijó en que tenía buen color de cara. Parecía estar recuperándose con una rapidez asombrosa.
—Peter: ¿Qué estás pensando? —preguntó—. No puedo verte la cara.
—Lali: Con esa barba pareces una bestia.
Él sonrió y se llevó la mano a la mata de pelo hirsuto.
—Peter: Tendré que afeitarme pronto.
—Lali: Incluso entonces, nadie te tomará por Pablo.
—Peter: ¿Eso crees? —Se apoyó en el cabezal de la cama y su sonrisa se transformó en un gesto sarcástico—. Te engañaré incluso a ti, querida esposa.
—Lali: ¡No me llames así!

Peter se rascó el costado e hizo una mueca de dolor al llegar a las costillas.
—Peter: Me gustaría darme un baño.
—Lali: Más tarde.
—Peter: Quiero bañarme ahora.
—Lali: Gimena o Julia lo prepararán —murmuró ella.
—Peter: Sabía que serías demasiado cobarde para hacerlo tú... estando yo despierto. Pero me bañaste mientras estaba inconsciente, ¿no es así? Sí, estoy seguro de que has llegado a conocer cada centímetro de mi cuerpo indefenso. Probablemente estuviste observándome durante horas.
—Lali: Yo no... ¡Cerdo vanidoso!
—Peter: ¿Acaso no me bañaste?
—Lali: ¡No disfruté bañándote en la cama! Lo hice porque había que hacerlo. Pero no me pareciste atractivo, y no soy cobarde por el mero hecho de que no tenga ganas de verte desnudo. ¡No volveré a bañarte!
—Peter: Si tú lo dices. —La señaló con el dedo—. Una buena esposa lo haría por su marido.
—Lali: No eres mi marido. ¡Y una de mis reglas es que no te aprovecharás de esta bufonada para exigirme cosas ridículas como ésa!
—Peter: ¿Ridícula? ¡Espero que algún día descubras lo ridículo que es ser incapaz de hacer nada por ti mismo y verte obligado a suplicar a alguien que te bañe! Al menos dame algo para asearme las partes a las que llego. —La oyó apartarse de la cama—. ¿Te vas? —preguntó burlón.

Ella no respondió. Se oyó sonido de agua en una palangana. Él permaneció expectante, escuchando sus pasos cuando regresó. Se quitó la sábana que le cubría el cuerpo con asombrosa rapidez.

Lali agradecía que tuviese los ojos cubiertos. Jamás podría haberlo hecho con él mirándole. Ver su cuerpo desnudo ya había sido bastante embarazoso estando él dormido, pero ahora que estaba despierto y sabía exactamente que estaba mirando ella, el sonrojo la cubrió de la cabeza a los pies.

De manera impersonal, colocó toallas limpias bajo su cuerpo, metió una esponja en el agua y empezó a lavarle el cuello y los hombros, cuidando de no mojar los vendajes. Peter suspiró y se relajó, sin molestarse por ocultar el placer que le suponía el agua fresca sobre su piel. Ella le apartó la barba para frotarle el pecho.
—Peter: Eres buena en esto —murmuró él. Ella no respondió. Peter movió los brazos cuando Lali los separó de sus costados—. Dime algo. Hace mucho tiempo que no escucho la voz de una mujer.
—Lali: ¿Qué quieres que te diga?
—Peter: Cuéntame cómo han sido para ti los últimos meses.
—Lali: Tu familia se ha comportado muy bien conmigo —dijo—. Mi vida aquí ha sido tranquila y pacífica. Hasta que llegaste.
Él sonrió.
—Peter: Los problemas parecen seguirme como las abejas a la miel.
—Lali: Espero que te vayas pronto y te los lleves contigo.
—Peter: Dios, eso es lo que quiero. —Tocó el vendaje que le cubría el rostro—. ¿Cuándo podré quitarme esto?
—Lali: No lo sé. Los ojos suelen ser lo primero en curar.
Peter acarició el vendaje con los dedos.
—Peter: ¿Las heridas eran muy malas? —Su voz adquirió seriedad—. ¿Cuánto tiempo tendré que llevarlo?
—Lali: No soy médico.
—Peter: Sabes lo suficiente para suponer.

Ella no podía ofrecerle una suposición, no cuando cabía la posibilidad de que no volviese a ver nunca más.
—Lali: Necesitas tiempo y descanso —respondió—. Eso es lo único que puedo decirte.

Peter se quedó inmóvil, como si pudiese leerle la mente.
—Peter: ¿He perdido un ojo? ¿Los dos, tal vez?
—Lali: No sé cuánta visión tendrás. Tendremos que esperar para...
—Peter: ... que lo descubra por mi cuenta, ¿es eso? —Metió los dedos por debajo del vendaje y empezó a retirárselo.

Lali lo miró horrorizada y le sujetó las manos.
—Lali: ¡Peter, detente! Peter...

Él se libró de ella con impaciencia.
—Lali: No; es demasiado pronto. ¡Te harás daño! —Ella volvió a la carga, hablando en francés, intentando en vano detenerle. Incluso débil y convaleciente era capaz de mantenerla a distancia. 

Las vendas cayeron al suelo.

 CAPITULO 35


Peter intentó abrir los ojos y su cabeza se llenó de una explosión blanca y caliente. Gritó algo incomprensible y se cubrió la cara con los brazos. Oyó ligeramente la voz de Lali sobre sus maldiciones.

Ella sintió pánico y corrió hacia él.

—Lali: Oh, eres un estúpido cabezota, ¡es demasiado pronto para que veas nada! ¡Detente, vas a hacerte daño!

Sintió la mano de Lali en la cabeza y se la apartó, enloquecido por el dolor. Ella insistió en apartarle las manos de la cara y le cubrió los ojos con una toalla. Julia entró en la habitación al oír el alboroto al pasar por el pasillo. Sus oscuros ojos se hicieron cargo de la situación en un segundo. Lali la miró enérgica.
—Lali: Un sedante —dijo, consiguiendo parecer calmada—. Rápido.

Sin mediar palabra, Julia fue al tocador y vertió agua fresca en un vaso. Peter gruñó como si le hubiesen extraído los globos oculares.

—Lali: Quieto —le susurró al oído, obligándole a apoyar la cabeza sobre su suave hombro. Era el único modo de evitar que hiciese más daño—. Te lo mereces... ¡Te dije que no te quitases las vendas! Si deseas volver a ver, ¡tendrás que descansar y dar tiempo a que curen tus ojos!
—Peter: Apártate de mí... zorra sin sentimientos... —dijo él entre jadeos, pero siguió rodeándole la cintura con el brazo como si ella fuese su único refugio.
A ella le quemaba su aliento a través de la tela del vestido. Agarró un extremo de la sábana y le cubrió con ella el cuerpo desnudo sintiéndose su protectora. Algo ridículo, pues Julia le conocía desde que había nacido.

Julia le trajo el preparado para dormir y Lali tomó el vaso con la mano libre.
—Lali: Peter, bébete esto.
—Peter: ¿Qué es? —masculló él.
—Lali: Algo que te ayudará. —Le colocó el vaso en los labios.

Él se atragantó un poco y maldijo.
—Peter: No, maldita sea...
—Lali: Bébete esto ahora —replicó ella con voz suave pero autoritaria.
Bebió el contenido del vaso en un par de tragos, sin importarle que le chorrease un poco por la barbilla. Mientras Peter tragaba, Lali miró a Julia desesperada.

—Lali: Por favor, trae algo de ese bálsamo que preparas para los ojos. Y más trapos de lino.
Julia frunció el entrecejo al observar a la pareja sobre el lecho, como si pensase que aquellas dramáticas escenas fuesen demasiado para su limitada paciencia.
—Julia: Oui, madame.

Lali dejó el vaso en la mesita y observó la oscura cabeza que mecía contra su hombro. Peter estaba inmóvil y respiraba con agitación. Ella sólo podía suponer su sufrimiento. Él se dejó caer contra su pecho, después se alzó para intentar luchar contra la pérdida de conciencia. La rabia de Lali se vio atemperada por una nueva oleada de ternura.

Peter era como un animal grande y malhumorado que se rebelaba cuando le ofrecían ayuda.
—Lali: Peter —dijo ella con voz dulce, acunando su cabeza—. No pasa nada. Ahora descansa.
—Peter: No quiero quedarme ciego —masculló—. No quiero... que tengan que llevarme...
—Lali: No; te pondrás bien —canturreó ella—. Ahora tranquilo. Tranquilo. —Prosiguió murmurando palabras tranquilizadoras hasta que notó su respiración más pesada. Se durmió apoyado contra ella, con el brazo colgando alrededor de su cintura.

Continuará...
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CAPITULO 33




Durante unos segundos se impuso un tenso silencio. Lali ni siquiera podía pensar.

—Pablo... —repitió Benedict horrorizado.
Nico asintió con convicción.
—Nico: Así es.
—Pero... pero Pablo ha muerto.
—Nico: Dimos por supuesto que los piratas lo habían matado —explicó—. Pero logró sobrevivir al ataque y a los siguientes meses de cautiverio. Es el primero en saber la buena noticia, teniente. Pablo está vivo y en casa.
Benedict dirigió su incredulidad hacia Lali.
—¿Es cierto eso, madame? —le preguntó.

Lali asintió con brusquedad, demasiado perpleja para poder hablar, pero lo bastante rápida para apartar la cara y ocultar su sorpresa. Su mente amenazaba con dispararse. Todo era una especie de broma cruel. Se preguntó si Nicolás se habría vuelto loco. ¿Acaso creía que podría engañar a alguien con esa absurda mentira? Lo único que tenía que hacer el teniente era subir las escaleras y echarle un vistazo a Peter para saber que no era Pablo. ¿Cuánto tiempo creía que podría mantenerse aquella farsa?

Sintió cómo Gimena le pasaba el brazo por los hombros.
—Gime: Puede imaginar la conmoción que eso ha supuesto para la esposa de Pablo —le dijo a Benedict—. Como puede apreciar, está terriblemente angustiada por su estado. El pobre ha estado al borde de la muerte debido a sus heridas. Ella ha pasado las noches y los días cuidándolo.

Benedict se puso en pie; estaba un tanto pálido.
—Me gustaría verlo, ahora.
—Nico: Me temo que eso no será posible —dijo poniéndose también en pie. Era más alto que el teniente—. Pablo está demasiado grave para ver a nadie.
—Es necesario que me asegure de que...
—Nico: Más adelante—le interrumpió con un destello en la mirada. Su aspecto era tan intimidador que el joven dio un paso atrás de forma instintiva—. Quizá dentro de unos días. Cuando esté algo más repuesto.
—Tengo que verlo ahora. Dispone de información sobre la isla de los piratas y sobre los hombres que le capturaron.
—Nico: Pablo no es capaz de hablar todavía. Ha estado sumido en el delirio durante días. También se ha quedado ciego. Aunque no sabemos si se trata de algo permanente o temporal. Necesita descanso, mucho descanso.
—No le haré pregunta alguna. Pero insisto en verlo por mí mismo...
—Nico: Ésta es mi casa, mi propiedad. No está en condiciones de exigir nada, teniente. Mi hijo ha pasado por un grave trance y no tiene por qué exhibirse para satisfacer su curiosidad. No permitiré que nadie le vea en sus actuales condiciones.
—Monsieur Vallerand —dijo Benedict—, sé lo que el honor significa para los criollos. ¿Está dispuesto a darme su palabra de honor de que el hombre que está en la planta de arriba es Pablo Vallerand?
Nico lo miró con frialdad.
—Nico: Que ose preguntármelo es ya un insulto.

El teniente se envaró, percatándose de que le estaba plantando cara al más conocido y letal duelista de Luisiana. Los duelos habían sido prohibidos, pero seguían siendo una práctica habitual por esas tierras. Para un criollo de sangre caliente, no había más remedio que contrarrestar un insulto a base de espadas o pistolas.
—No pretendía insultarlo, monsieur, en absoluto. Perdóneme.
Nico asintió brevemente.
—Nico: Si así lo quiere, le doy mi palabra de honor de que el hombre que está arriba es mi hijo.
Benedict exhaló con alivio.
—Es increíble—dijo—. ¿Porqué no nos lo ha comunicado antes?

Gimena respondió con el brazo aún sobre los hombros de Lali. Esta quería gritar de irritación, pero no se atrevió, consciente de la escrutadora mirada del teniente.
—Gime: Sólo hemos podido pensar en Pablo —dijo—. No queríamos tener que enfrentarnos a una legión de visitantes, a pesar de sus buenas intenciones. No queríamos una multitud en casa esperando explicaciones y atención.
—¿Lo ha visto un médico? —preguntó Benedict.
—Gime: Está recibiendo los mejores cuidados —respondió.

Benedict apartó la mirada del agradable rostro de Gimena y la centró en la implacable de Nico, y finalmente miró la cabeza gacha de Lali.
—Transmitiré la noticia al comandante Matthews —dijo—. No tengo duda de que querrá que se interrogue a Pablo lo antes posible.
—Nico: No hasta que su salud lo permita —replicó.
—Discúlpenme, ahora tengo que marcharme.
—Nico: Lo acompaño a la puerta.
Los dos hombres salieron del salón. Lali alzó la cabeza y miró a Gimena.

Gimena apartó su brazo y cruzó las manos.
—Gime: Te dije que Nico pensaría en algo. —Intentó mostrarse confiada, pero no resultó convincente.

Lali no pudo evitar lanzar una carcajada histérica. Se cubrió la boca con la mano y jadeó sin dejar de sonreír.
—Lali: Ah, mon Dieu —logró decir limpiándose un par de lágrimas que caían por sus mejillas—. Sabía que había perdido el juicio, pero hasta ahora pensaba que yo era la única. ¿Realmente monsieur Nico ha dicho...? No, debía de estar soñando. ¡Oh, es el sueño más raro que he tenido nunca!

Nico regresó.
—Nico: No estabas soñando —dijo sardónico.
Gimena miró a su marido, que empezó a pasearse por el salón.
—Gime: Nico, ¿qué ocurrirá ahora?
—Nico: Nos vigilarán de cerca. A partir de este momento estarán al corriente de nuestras idas y venidas. Harán todo lo que esté en su mano para evitar que un posible pirata se les escape. —Fue hasta la chimenea y apoyó los brazos en la repisa con los ojos clavados en el hogar vacío—. Peter no está lo bastante bien para viajar o defenderse. Yo no podría sacarlo de aquí, nos pillarían. Y aunque fuese posible hacerlo, no hay lugar en que estuviese a salvo. Es mejor que se quede aquí, convaleciente. De momento se hará pasar por Pablo, hasta que yo urda un plan más permanente. —Nico miró por encima del hombro y vio a Lali inmóvil—. No durará mucho, Lali.
—Lali: Se hará pasar por Pablo —repitió la muchacha con una voz tan grave y sarcástica que apenas la reconoció como propia—. ¿Hacerse pasar por mi marido... que era un médico... y un caballero? A Peter le costaría convencer a los demás de que es un ser humano. ¿Y cómo van a mantenerlo oculto de todas las miradas? El error más obvio de este absurdo plan es que, aun siendo gemelos, ¡Peter no se parece a Pablo!
Nico echó a andar de nuevo.
—Nico: En este momento no, con la barba y ese pelo tan largo. Pero Peter y Pablo eran gemelos idénticos.
—Lali: ¡Idénticos! —exclamó anonadada. Miró a Gimena y la vio asentir ligeramente—. Alors, creen que puede hacerse pasar por Pablo físicamente, pero qué hay de sus voces, de sus gestos, sus hábitos...
—Nico: Evitaremos que lo examinen muy de cerca —respondió.
—Lali: Todo el mundo en Nueva Orleans conocía a Pablo —dijo—. Ayudó a mucha gente, tenía amigos en todas partes. No es posible que crean que lograremos engañarlos a todos.
—Nico: Durante un breve período sí podremos. —llegó hasta el sofá y se detuvo frente a ella. A pesar de que sus ojos eran dorados en lugar de azules, se acordó de Pablo. Éste miraba a la gente de ese modo, como si pudiese entrever todos sus miedos y pretensiones—. Lali —dijo Nico con voz queda—, no funcionará sin tu cooperación. La gente no creerá que se trata de Pablo si tú, como su esposa, no estás convencida.
—Lali: Por mucho que yo coopere tampoco funcionará. No podría comportarme como si se tratase de mi marido. No podría mirar a... esa bestia odiosa con algo parecido al afecto matrimonial, y aun menos...
—Nico: Lali. —tomó una de sus manos y la apretó con fuerza—. Rara vez le pido nada a nadie. —Su voz se hizo profunda—. No soy el tipo de persona que disfruta obligando a los demás. Pero haría cualquier cosa para proteger a mi familia. Peter es mi hijo tanto como lo fue Pablo. En el pasado cometí terribles errores que ambos tuvieron que sufrir. Cuando era niño, Peter nunca habría aceptado ayuda de nadie aunque la hubiese necesitado desesperadamente. Ahora no voy a fallarle. Si Pablo estuviese vivo, sé que te pediría que ayudases a su hermano. Te lo pido en nombre de Pablo. Ayuda a Peter, no por mí, sino por él.

Lali tragó saliva, apartando la mirada.
—Lali: No quiero hacerlo —murmuró.
—Nico: Pero ¿lo harás? —insistió. Era conocida de sobras su capacidad de persuasión. Tenía un especial talento para hacer que resultase imposible refutar lo que proponía.
—Lali: Sí—cedió a regañadientes—. Porque tanto Gimena como vos han sido sumamente amables conmigo. Se los debo, y también a Pablo. —Se apartó de él y se puso en pie, notando que le flaqueaban las rodillas—. Me voy a la garçonniére para pensar a solas —dijo.

Gimena se acercó y le dio un abrazo.
—Gime: Gracias, Lali.
Lali asintió brevemente y salió de la habitación.

Nico fue hasta Gimena y la rodeó con los brazos, descansando el mentón sobre su pequeña cabeza. Ella se aferró a sus brazos y apoyó la cabeza a su vez en su pecho.
—Gime: Bien-aimé—susurró—, ¿crees que funcionará?
Él suspiró contra su pelo.
—Nico: Cariño, pregúntame lo que quieras menos eso.

Continuará...
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Vamos, +10 y más! En los próximos laliter!! @MaluftLali

CAPITULO 32




Gimena estaba en el salón dándole instrucciones a Julia.

—Gime: Que Mary traiga un poco de café —dijo—. No tan fuerte como acostumbra... A los americanos les gusta aguado. Y trae algo para acompañar, unos pasteles o langues de chat. —Vio a Lali y le dedicó una tranquilizadora sonrisa—. No frunzas el entrecejo, chérie. Hace que parezca que estás preocupada.
—Lali: Lo estoy.
—Gime: Pero ¿por qué? Nico no permitirá que le ocurra nada a Peter.
—Lali: Ojalá pudiese creerlo.
—Gime: Lali, tienes que confiar en nosotros. Maintenant, diga lo que diga Nico, no le contradigas. E intenta no mostrar sorpresa, ¿d'accord?
—Lali: D'accord. —la miró a los ojos—. ¿Tú estás al corriente de sus planes?
—Gime: Tengo mis sospechas... —empezó, pero se vio obligada a callar al ver entrar a los dos hombres en el salón.

Gimena le dio la bienvenida al teniente con una deslumbrante sonrisa. Él le tomó la mano con una reverencia.
—Gime: Teniente, qué amable de vuestra parte venir a visitarnos —dijo.
—Lamento molestarles, madame.
—Gime: Non, non, hace mucho tiempo que no conversamos. ¿Cómo se encuentra el comandante Matthews? ¿Va todo bien por la base naval? Bien, es bueno saberlo. Con las habilidades y la inteligencia de hombres como vos y el comandante, estoy convencida de que los piratas pronto desaparecerán del Golfo.
—Nico: Au contraire —interrumpió de forma brusca—. El gobernador Villeré cree que el problema con los piratas se ha agravado.
Benedict se tensó.
—Estamos dotados de hombres y equipo suficiente, monsieur Vallerand, nuestras fuerzas serán más efectivas. Pero las gentes de Nueva Orleans hacen todo lo que está en su mano para facilitar el negocio de los piratas. De hecho, aceptan que los objetos de contrabando circulen libremente por la ciudad.
—Nico: La base naval parece disponer de los medios necesarios... —empezó, pero Gimena le interrumpió, sabedora de lo mucho que a su marido le gustaba discutir sobre política.
—Gime: Mon mari, quizá no deberíamos discutir sobre ese tema en este momento. Sentémonos. Mary nos traerá algo enseguida. —Se sentó con mucha elegancia en el sofá y todos la imitaron—. Teniente —dijo Gimena como sin darle importancia—, díganos qué lo ha traído a nuestra casa.
—He venido a interesarme por el bienestar de su familia.
—Gime: ¿En serio? Qué amable de su parte.

Benedict esperó unos segundos a que se produjese algún otro comentario, pero sólo halló silencio. Tres pares de ojos estaban centrados en él. Se aclaró la garganta y prosiguió.
—El comandante Matthews ha expresado una preocupación similar, de ahí mi visita. En los últimos días hemos oído rumores... —Su voz se apagó y les miró expectante. Nadie dijo una sola palabra. El teniente se vio obligado a romper el silencio de nuevo—. Esta mañana, señor Vallerand, me topé con vuestro hermano Alexandre y su encantadora esposa Henriette en la ciudad...

Henriette, pensó Lali con ansiedad, la mujer que adoraba el chismorreo.
—... y me transmitió cierta información de interés.
—Nico: No me sorprende—replicó Nicolás con calma—. A Henriette se la conoce precisamente por eso.
—Sí, bueno, me dijo que el rumor era cierto.
Nico empezó a tamborilear con los dedos el brazo de su silla.
—Nico: ¿Y en qué consiste dicho rumor?
—Se dice que tienen un huésped enfermo. Y no un huésped cualquiera.

Lali cruzó las manos sobre el regazo. Sintió que la sangre abandonaba su rostro. Después de todo el tiempo que había pasado cuidando de Peter, ahora iban a llevárselo. Las autoridades serían crueles con él. Todavía estaba débil, y sus heridas podrían volver a abrirse fácilmente. La escena que había tenido lugar esa misma mañana se le apareció ante los ojos de nuevo, la cabeza mecida en su brazo, su confiada obediencia, su voz rasposa preguntando «¿Eres real?».

La voz de Nico la sacó de sus pensamientos.
—Nico: Sí, es cierto, teniente.
Benedict lo miró con suspicacia.
—¿De quién se trata? ¿Es un familiar? ¿Un amigo cercano?
—Nico: Un familiar. —lo miró a los ojos sin parpadear—. Mi hijo, de hecho.
A Benedict se le subieron los colores debido a los nervios.
—¿En serio? —dijo esforzándose por mantener la calma. «¡No!» Lali quiso gritar, incapaz de creer que Nico estuviese traicionando a Peter. ¡Decirle a Benedict que Peter estaba allí era poco menos que firmar su sentencia de muerte!
—Nico: Lo trajeron aquí en mitad de la noche hace unos días —prosiguió—, gravemente herido durante su huida de una isla de piratas. —Miró a las dos mujeres. Gimena le mantuvo la mirada tranquilamente, pero Lali se había puesto lívida. Nico respiró hondo y prosiguió con un engaño que había esperado que no fuese necesario poner en marcha—. De hecho puede decirse que ha sido un milagro —le dijo al teniente— que mi hijo Pablo haya vuelto con nosotros.

Conitnuará...
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Pablo vivo? wtf? +10 Y Más! @MaluftLali

CAPITULO 31




Pasó un día entero, pero Lali no volvió a la habitación de Peter. La fiebre le había bajado y ya no la necesitaba. Sus heridas no estaban infectadas y pronto empezaría a recuperar las fuerzas. Si a los Vallerand les había sorprendido el celo mostrado por ella respecto a Peter, no menos les sorprendió lo que parecía una repentina falta de interés. En cuestión de horas, Lali había pasado de la obsesión a la indiferencia, y ellos no sabían qué hacer.

—Lali: Estoy cansada —les había dicho, incapaz de explicar que temía enfrentarse a Peter cuando estuviese plenamente consciente.

A Lali la angustiaba pensar en lo que había ocurrido cuando se despertó. Rememoraba la escena una y otra vez, la desagradable y dolorosa ternura que la había invadido en ese momento. 

Recordaba el peso de la cabeza de Peter en su brazo, la obediencia con la que él se había tomado la medicina que ella había llevado hasta sus labios, su voz rasposa cuando le pidió que se quedase. Ella había querido quedarse, para acariciarle y hacerle sentir bien. Pero era imposible que pudiese sentir algo así por aquel pirata indecente que la había forzado, y por tanto tenía que evitar estar con él hasta que controlase sus emociones.

Esa misma tarde, Lali escuchó sin pretenderlo a Gimena y Nicolás discutiendo sobre su abrupto cambio de actitud. Estaban sentados a solas en el salón. Lali llegaba de un paseo por el jardín para cenar con la familia. Al oír su nombre, se detuvo frente a la puerta de entrada del vestíbulo y aguzó el oído.

—Gime: No es que ella no me guste —estaba diciendo Gimena—, pero no la comprendo. Nunca he tenido claro cuáles son sus verdaderos sentimientos.
Nico rió.
—Nico: No tienes por qué entenderla, petite. Y apostaría algo a que Lali tampoco sabe muy bien lo que siente en realidad.
—Gime: Afirma que odia a Peter. Pero de ser así no le habría atendido cuando tenía fiebre.
—Nico: Una cosa es obvia —dijo pensativo—. Hay algo entre ellos dos que parecen dispuestos a mantener en secreto.

Lali sintió que las mejillas se le sonrojaban. Nicolás era un hombre perspicaz, y tenía una ligera idea de lo que su hijo era capaz de hacer. ¿Sospechaba acaso que habían intimado, con o sin el consentimiento de Lali? Mortificada, salió por la puerta principal con la intención de rodear la casa e ir a la garçonniére.

Apareció un carruaje por el camino de la plantación, elegante aunque decorado de forma modesta. Lali se detuvo para verlo aproximarse. El pasajero que iba en el vehículo se apeó sin ayuda del sirviente y subió los escalones que llevaban a la puerta principal con la disposición de un oficial militar. Era americano. A pesar de no llevar uniforme, reconoció al teniente Benedict, el ayudante del comandante Matthews, el oficial al cargo del destacamento naval de Nueva Orleans.

A Benedict pareció sorprenderle la presencia de Lali en el porche de la entrada.
—Madame Vallerand. —Tomó su mano desnuda con una mano enguantada e hizo una educada reverencia—. Es un placer verla. Tal vez no me recuerda.
—Lali: Oui, lo recuerdo, teniente Benedict —dijo observando su rostro juvenil. Tenía el aspecto de un hombre sensible pero honesto, alguien que tenía muy en cuenta el protocolo así como sus deberes. Al mirarle a los ojos, recordó que tanto Benedict como el comandante Matthews habían sido enviados por el presidente para acabar con los piratas del Golfo. Encontrar a un pirata, especialmente a uno de la reputación de Peter, supondría un considerable éxito en la hoja de servicio del teniente. ¿Habría oído Benedict alguno de los rumores relativos a su invitado? ¿Había ido allí para averiguar si se trataba de Peter?
—He venido a ver a monsieur Vallerand —dijo Benedict respondiendo a su mirada inquisitiva.

Lali fingió indiferencia.
—Lali: ¿Se trata de una visita social, teniente?
—Eso espero, madame. —Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo al ver que ella no se movía.

Sin embargo, Julia abrió la puerta principal y miró impasible al visitante.
—Julia: Bienvenido, monsieur—dijo mirando primero la seria cara de Benedict y después el rostro ansioso de Lali.
—Teniente Benedict —se presentó a sí mismo—. Estoy aquí para ver a monsieur Vallerand.
Julia lo examinó; no pareció muy impresionada.
—Julia: Entrad, teniente, s'il vous plaît. Voy a ver si monsieur Vallerand dispone de tiempo para atenderlo.
—Dígale que le interesará verme —dijo Benedict—, Vengo en nombre del comandante Matthews.
Se adentraron en el vestíbulo. Los paneles y los bancos de caoba relucían tras el reciente encerado. Lali decidió dejar solo al teniente Vallerand e intentar avisar del peligro a los Vallerand. Siguió a Julia hacia uno de los salones, tirando nerviosa de las largas mangas de su vestido negro.

Nico salió del salón, alzando las cejas al percatarse del gesto sombrío de sus rostros. De forma inconsciente, Lali lo agarró del brazo.
—Lali: Monsieur—susurró frenética apretando los dedos con fuerza—. Peter está en peligro. El visitante... es un oficial de la marina. Debe de haber oído algo. ¿Qué vamos a decirle? ¿Qué vamos a...?
—Nico: Shhh. —palmeó su mano ligeramente antes de liberarse de ella. Miró por encima de su cabeza y vio al joven oficial, que se inclinaba de forma indiscreta para intentar oírlos—. Yo me encargo de esto —le dijo a Lali—. Ve con Gimena, ¿de acuerdo?
—Lali: Muy bien —musitó mientras Nico se dirigía ya a Benedict.

Conitnuará...
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