viernes, 27 de diciembre de 2013

CAPITULO 31




Pasó un día entero, pero Lali no volvió a la habitación de Peter. La fiebre le había bajado y ya no la necesitaba. Sus heridas no estaban infectadas y pronto empezaría a recuperar las fuerzas. Si a los Vallerand les había sorprendido el celo mostrado por ella respecto a Peter, no menos les sorprendió lo que parecía una repentina falta de interés. En cuestión de horas, Lali había pasado de la obsesión a la indiferencia, y ellos no sabían qué hacer.

—Lali: Estoy cansada —les había dicho, incapaz de explicar que temía enfrentarse a Peter cuando estuviese plenamente consciente.

A Lali la angustiaba pensar en lo que había ocurrido cuando se despertó. Rememoraba la escena una y otra vez, la desagradable y dolorosa ternura que la había invadido en ese momento. 

Recordaba el peso de la cabeza de Peter en su brazo, la obediencia con la que él se había tomado la medicina que ella había llevado hasta sus labios, su voz rasposa cuando le pidió que se quedase. Ella había querido quedarse, para acariciarle y hacerle sentir bien. Pero era imposible que pudiese sentir algo así por aquel pirata indecente que la había forzado, y por tanto tenía que evitar estar con él hasta que controlase sus emociones.

Esa misma tarde, Lali escuchó sin pretenderlo a Gimena y Nicolás discutiendo sobre su abrupto cambio de actitud. Estaban sentados a solas en el salón. Lali llegaba de un paseo por el jardín para cenar con la familia. Al oír su nombre, se detuvo frente a la puerta de entrada del vestíbulo y aguzó el oído.

—Gime: No es que ella no me guste —estaba diciendo Gimena—, pero no la comprendo. Nunca he tenido claro cuáles son sus verdaderos sentimientos.
Nico rió.
—Nico: No tienes por qué entenderla, petite. Y apostaría algo a que Lali tampoco sabe muy bien lo que siente en realidad.
—Gime: Afirma que odia a Peter. Pero de ser así no le habría atendido cuando tenía fiebre.
—Nico: Una cosa es obvia —dijo pensativo—. Hay algo entre ellos dos que parecen dispuestos a mantener en secreto.

Lali sintió que las mejillas se le sonrojaban. Nicolás era un hombre perspicaz, y tenía una ligera idea de lo que su hijo era capaz de hacer. ¿Sospechaba acaso que habían intimado, con o sin el consentimiento de Lali? Mortificada, salió por la puerta principal con la intención de rodear la casa e ir a la garçonniére.

Apareció un carruaje por el camino de la plantación, elegante aunque decorado de forma modesta. Lali se detuvo para verlo aproximarse. El pasajero que iba en el vehículo se apeó sin ayuda del sirviente y subió los escalones que llevaban a la puerta principal con la disposición de un oficial militar. Era americano. A pesar de no llevar uniforme, reconoció al teniente Benedict, el ayudante del comandante Matthews, el oficial al cargo del destacamento naval de Nueva Orleans.

A Benedict pareció sorprenderle la presencia de Lali en el porche de la entrada.
—Madame Vallerand. —Tomó su mano desnuda con una mano enguantada e hizo una educada reverencia—. Es un placer verla. Tal vez no me recuerda.
—Lali: Oui, lo recuerdo, teniente Benedict —dijo observando su rostro juvenil. Tenía el aspecto de un hombre sensible pero honesto, alguien que tenía muy en cuenta el protocolo así como sus deberes. Al mirarle a los ojos, recordó que tanto Benedict como el comandante Matthews habían sido enviados por el presidente para acabar con los piratas del Golfo. Encontrar a un pirata, especialmente a uno de la reputación de Peter, supondría un considerable éxito en la hoja de servicio del teniente. ¿Habría oído Benedict alguno de los rumores relativos a su invitado? ¿Había ido allí para averiguar si se trataba de Peter?
—He venido a ver a monsieur Vallerand —dijo Benedict respondiendo a su mirada inquisitiva.

Lali fingió indiferencia.
—Lali: ¿Se trata de una visita social, teniente?
—Eso espero, madame. —Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo al ver que ella no se movía.

Sin embargo, Julia abrió la puerta principal y miró impasible al visitante.
—Julia: Bienvenido, monsieur—dijo mirando primero la seria cara de Benedict y después el rostro ansioso de Lali.
—Teniente Benedict —se presentó a sí mismo—. Estoy aquí para ver a monsieur Vallerand.
Julia lo examinó; no pareció muy impresionada.
—Julia: Entrad, teniente, s'il vous plaît. Voy a ver si monsieur Vallerand dispone de tiempo para atenderlo.
—Dígale que le interesará verme —dijo Benedict—, Vengo en nombre del comandante Matthews.
Se adentraron en el vestíbulo. Los paneles y los bancos de caoba relucían tras el reciente encerado. Lali decidió dejar solo al teniente Vallerand e intentar avisar del peligro a los Vallerand. Siguió a Julia hacia uno de los salones, tirando nerviosa de las largas mangas de su vestido negro.

Nico salió del salón, alzando las cejas al percatarse del gesto sombrío de sus rostros. De forma inconsciente, Lali lo agarró del brazo.
—Lali: Monsieur—susurró frenética apretando los dedos con fuerza—. Peter está en peligro. El visitante... es un oficial de la marina. Debe de haber oído algo. ¿Qué vamos a decirle? ¿Qué vamos a...?
—Nico: Shhh. —palmeó su mano ligeramente antes de liberarse de ella. Miró por encima de su cabeza y vio al joven oficial, que se inclinaba de forma indiscreta para intentar oírlos—. Yo me encargo de esto —le dijo a Lali—. Ve con Gimena, ¿de acuerdo?
—Lali: Muy bien —musitó mientras Nico se dirigía ya a Benedict.

Conitnuará...
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jueves, 26 de diciembre de 2013

CAPITULO 30


—Es jueves por la mañana y nuestros amigos no tardarán en llegar —dijo Gimena ansiosa—. ¿Debería pedirles que se fuesen? ¿Qué voy a decirles? No podremos mantener en secreto la presencia de Peter durante mucho tiempo. Todo el mundo en la plantación sabe que hay un extraño en la casa. Muy pronto, la ciudad al completo estará al corriente. Nos harán preguntas, y las autoridades se interesarán y...
—Nico: Soy consciente de todo ello —la interrumpió con brusquedad, tirando de su menuda esposa para sentarla en su regazo—. A partir de ahora tendremos que pensar en algunas mentiras convincentes.

Gimena le pasó los brazos por el cuello y suspiró frustrada.
—Gime: Miento muy mal, Nico. Una mentira siempre lleva a otra, y yo no sé mantenerlas.

Lali observó a la pareja desde el rincón de la biblioteca. Acababa de llegar de la habitación de Peter, donde había pasado otra larga noche. Desde hacía casi una semana ocupaba la silla junto a la cama hora tras hora, insistiendo con su tranquila testarudez en que ella era la más adecuada para esa labor. Después de todo, los demás tenían sus propias responsabilidades: Gimena y Julia se encargaban del funcionamiento de la plantación, y Nicolás de su negocio naviero.

Peter no había recuperado aún la conciencia, pero murmuraba en sueños, y a veces mencionaba el nombre de su madre. Corinne había muerto cuando los gemelos cumplieron cinco años de edad. Lali recordaba que Pablo le había hablado de su madre con tristeza y pesar, pero Peter parecía no sentir por ella más que hostilidad. También pronunciaba con cierta frecuencia el nombre de Pablo, pero los sentimientos de Peter respecto a su hermano eran mucho más difíciles de descifrar.

Cuando se sentía exhausta, Lali permitía que Julia o alguno de los Vallerand ocuparan su lugar durante unas horas. Pero siempre regresaba en cuanto le era posible. Y una vez estaba allí, Peter descansaba más tranquilo, tragaba el caldo que le llevaba con una cuchara hasta los labios, y aceptaba dócilmente su asistencia cuando le limpiaba las heridas y cambiaba los vendajes.

Tras coserle las heridas, le había esparcido unos polvos astringentes que Julia le entregó. Lali reconoció con sorpresa los mismos polvos verdes que Maxi le había aplicado en los pies. A petición suya, Julia le enseñó las hierbas con que estaban hechos, las raíces secas y machacadas de geranio silvestre, tan abundantes en los pantanos. Para bajarle la fiebre prepararon una cocción amarga de salvia india, vertiendo agua hirviendo sobre las flores blancas y las hojas y dejándolas reposar unas horas. Fue difícil hacerle beber aquella poción, pero Lali le obligó. Sólo ella conseguía que obedeciese.

Nadie entendía la situación, y la que menos Lali. Los Vallerand especulaban sobre sus motivos y sobre la sumisa reacción de Peter hacia ella. Sólo Dios sabía lo que pensaban al respecto.

—Gime: Lali —le dijo perpleja—, es posible que creas que cuidar a Peter es, de algún modo, honrar la memoria de Pablo, pero...
—Lali: No tiene nada que ver con Pablo —respondió con sinceridad.
—Gime: Pero no haces nada por Peter que no pudiésemos hacer Julia o yo, o incluso...
—Lali: Él se encuentra mejor cuando estoy yo. —hizo una mueca al percatarse del tono defensivo de su voz, pero no se sorprendió—. Sabes que es cierto. Lo has dicho más de una vez.
—Gime: Sí, es cierto —admitió—. Pero eso no quiere decir que debas dejarte la piel cuidándolo.

Lali compuso un gesto impasible.
—Lali: Peter es tu hijastro. Tienes el derecho de decir lo que hay que hacer con él. Si quieres que me aleje, eso haré.
—Gime: No, no estoy diciendo eso... —frunció el entrecejo. Ambas eran conscientes de dónde podía llevarlas aquella discusión—. No pretendo discutir contigo, Lali. Lo único que intento es hacerte entender que no tienes por qué agotarte en esta tarea, porque hay más personas dispuestas a asumirla.
—Lali: Entiendo.
—Gime: De acuerdo.
—Lali: Bien.

Intercambiaron una mirada ceñuda y el tema no volvió a tocarse. Día a día, permanecer a su lado y observar sus evoluciones se estaba convirtiendo en algo muy importante. El parecía saber cuándo ella estaba allí, parecía reconocer su voz.

Lali volvió a centrarse en el presente y escuchó la conversación de Gimena con Nico.

—Gime: ¿Qué vamos a decirle a la gente, bien-aimé? —preguntó ella—. Si creen que tenemos algo que esconder, sospecharán que se trata de Peter.
—Nico: Tengo un plan —replicó su marido—, pero no es muy bueno. Si tenemos que recurrir a él, todos estaremos en peligro. Y dudo que tengamos la oportunidad de salir del paso. Necesito algo de tiempo para pensar en algo más.
—Gime: Tiempo es precisamente lo que no tenemos, Nico.
—Lali: C'est vrai —terció con ceño—. Tal vez podrías contarnos ese plan. Tal vez podrías plantearnos... —Se detuvo de golpe, sobrecogida por una extraña sensación. Superando toda una serie de capas de oscuridad, una imagen salió a la superficie... Era Peter. Palideció y estrujó la falda de su vestido. Echó a andar hacia la puerta—. Perdón. Voy a ver a Peter —dijo, y caminó hacia la amplia escalinata, donde no pudo evitar echar a correr.


Peter despertó poco a poco, preguntándose dónde estaba. ¿Qué le había ocurrido? Estaba en una cama, con sábanas y almohadas, algo totalmente inusual para él, y sumido en la oscuridad. El aire olía a hierbas amargas y a lino recién lavado. Gruñendo ligeramente, intentó abrir los ojos pero no pudo. Alzó la mano, sorprendido de la debilidad de sus miembros. Nunca se había sentido tan débil.

Empezó a jadear con fuerza, se llevó las manos a la cara y tocó los recios vendajes que tenia sobre los ojos. Sintió pánico. Recordaba una batalla... disparos... el rostro victorioso de Legare, una espada hiriendo su costado... las ansiosas súplicas de Vico... Había sido consciente de que estaba agonizando. Le dolía el cuerpo y no podía mover una pierna, ni siquiera podía sentirla. ¿Se la habían amputado? Hurgó en el vendaje, quería sacárselo y ver qué iba mal. Sintió una punzada de dolor entre los ojos y la cabeza empezó a darle vueltas.

—No, no. —Una voz suave pero tensa llegó hasta sus oídos. De repente había una mujer a su lado. Sus frías manos le tomaron las suyas y las bajaron hasta el colchón. Él intentó liberarse—. Deja que tus ojos sigan cubiertos —dijo tranquilizadora—. Tienen que curarse. Descansa. Doucement, estás bien.
Recordó entonces el ángel de sus sueños. Era su voz, la ligera mano sobre su cabeza, su presencia.
—Peter: Mi pierna—logró balbucir.
—Está curándose—murmuró ella enjugándole el sudor que perlaba su frente—. Volverás a caminar.
—Peter: Duele... —Intentó decirle que la cabeza le dolía como si tuviese un atizador de chimenea al rojo vivo en su interior.
Ella pareció entender. Un brazo esbelto le pasó por la nuca y le alzó la cabeza. Le rozó el pecho con el costado de la cara y se sintió rodeado por una delicada fragancia floral. Notó el borde de un vaso de cristal entre los labios. En un principio se atragantó debido al sabor acre del jugo de corteza de arce mezclado con agua.
—Peter: No...
—Sólo un poco —dijo ella—. Un traguito o dos.

Él se obligó a beber. No tardó en bajarle de nuevo la cabeza hasta la almohada y se vio privado del confort que suponían sus brazos. Sintió que el último resquicio de sus fuerzas se esfumaba.
—Peter: ¿Eres real? —logró preguntar.
—Lali: Bien sur, por supuesto que soy real. —Le pasó los dedos por el pelo.

Después de unos segundos, él sintió que se alejaba.
—Peter: Quédate —pidió. Pero ella ya se había ido, y él no pudo pronunciar una palabra más.

Continuará...
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CAPITULO 29




Lali cogió una jarra con un ungüento que Julia había preparado y empezó a extenderlo sobre el rostro inflamado de Peter, los agrietados labios y los blancos que le habían quedado en la barba. Él movió los labios formando palabras sin sonido.

—Lali: Más tarde te cambiaré el vendaje de los ojos —dijo ella—. No soy médico, mon ami, pero creo que volverás a ver. Eres un hombre con suerte. Quizá Julia tenga razón acerca de los loas. Tienes que tener a uno a tu lado.
Dejó la jarra con el ungüento en la mesita y se volvió hacia el paciente. Se detuvo con la sensación de que él era consciente de su presencia. Él sabía que ella estaba allí.

Estudió los inexpresivos rasgos de su cara.
—Lali: ¿Peter?

De repente, él se movió. Tras un gruñido, alzó la mano hacia el vendaje del hombro. Ella le agarró la mano, temerosa de que fuera a hacerse daño. Unos dedos fuertes aferraron el antebrazo de Lali cortándole la circulación. Intentó respirar hondo.
—Lali: ¡No, suéltame! —chilló tirando de su mano.
Antes de volver a tomar aire, se olvidó de su brazo, se olvidó del daño que le estaba haciendo. Empezó a temblar, sintiendo que algo se abría entre ellos, una corriente de calidez que no se parecía a nada que hubiese experimentado con anterioridad. Miró su rostro anonadada. Peter respiraba con dificultad. Durante un segundo, Lali sintió las emociones de él como si fuesen las suyas propias. Tenía miedo, se sentía solo, atrapado en la oscuridad, atormentado por criaturas con garras que le herían...
—Lali: ¡No! —Asustada, se dejó caer sobre la silla, con el corazón desbocado. Liberó su brazo y se frotó las marcas que ya empezaban a señalarse. Se volvió para mirarlo. Abría y cerraba los dedos de su mano derecha.

A regañadientes se acercó a la cama. Peter ya no se movía, pero sintió su reacción interior. Oh, sí, él sabía que ella estaba allí. Se pasó una temblorosa mano por la cara y se recogió los mechones de pelo que le caían sobre la frente y los ojos. ¿Qué había ocurrido? Sin duda su imaginación le había jugado una mala pasada. Deseaba salir de aquella habitación, alejarse de él. Pero al mismo tiempo le daba miedo dejarlo solo.
—Lali: No tengo razón alguna para quedarme aquí contigo —dijo—. No te debo nada, y yo no... —Su voz se apagó. Incapaz de evitarlo, se sentó en el borde de la cama y le cogió una mano para acariciarla. Los dedos de Peter se cerraron sobre ella otra vez—. ¿Peter? ¿Puedes oírme?—Lali lo observó con detenimiento, pero él parecía sumido en un sueño febril.

Le miró la mano. Tenía dedos largos y elegantes, pero eran manos bronceadas y fuertes, acostumbradas al trabajo duro. El reverso de sus manos y los nudillos tenían un fino vello oscuro.

Lali recorrió con la mirada, lentamente, todo su cuerpo, percatándose de que la sábana se había deslizado hasta sus caderas. Se sonrojó al contemplar la línea de vello que corría desde su pecho hasta su ingle. Tenía un montón de heridas y los fuertes músculos de un hombre activo. La piel de su nuca era pálida allí donde su larga cabellera la había protegido del sol.

Él era el primer hombre al que ella podía examinar con semejante precisión. Estaba fascinada y avergonzada a un tiempo. Se preguntó si otras mujeres habrían pensado que Peter Vallerand era atractivo. Ciertamente, era fuerte y muy masculino. También podía decirse que no era en absoluto vanidoso, o que ella le hubiese visto hacer algún esfuerzo por cuidarse la barba o el pelo. Era basto y primitivo. Quizá, pensó, no podía evitar ser como era. Un hombre no puede cambiar su propia naturaleza.

—Lali: Me preguntó si serías capaz de amar a alguien —musitó mientras jugueteaba inconscientemente con los laxos dedos—. No, desde luego que no; eso no sería adecuado para un pirata, ¿no es así?

Conitnuará...
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CAPITULO 28




—¿Cómo se encuentra? —Lali estaba en la puerta del dormitorio, recién llegada de la garçonniére. Había dormido poco, pues no había dejado de pensar en Peter y cómo había pagado por sus pecados. Sabía que los Vallerand y Julia cuidaban de él lo mejor posible. El bienestar de Peter era cosa suya, no de ella. En cualquier caso, esa mañana sintió el irresistible impulso de ir a verle, y eso fue lo que hizo, incluso antes de lavarse la cara o desayunar.

Una sábana cubría a Peter hasta la cintura. El lino, de un blanco níveo, destacaba contra su piel. Por lo que había visto la noche anterior, todo su cuerpo estaba bronceado por igual. Lo recordó bañándose desnudo en aquel lago, libre y pagano en su desnudez.

Tenía los ojos vendados, al igual que el resto de las heridas. Volvió la cabeza sobre la almohada y masculló algo en francés.

Gimena estaba sentada al lado de la cama, con el pelo suelto y la cara ojerosa.

—Gime: La fiebre sigue su curso —dijo.
—Lali: Estás cansada —observó sin apartar la vista de Peter.
—Gime: Nico insistió en velarlo despierto toda la noche... y yo no puedo dormir si Nico no está en la cama conmigo. —cambió el trapo que cubría la frente de Peter—. Ahora está con los niños, explicándoles que tenemos un invitado que se ha puesto enfermo.
—Lali: ¿No intentarán verle?
—Gime: No, no lo creo. Y si lo hiciesen, dudo que lo reconociesen. Han pasado cinco años desde su última visita, y sólo estuvo aquí unos minutos.

—Pablo... —Peter se movió hasta desplazar la almohada debajo de su cabeza. Sus palabras apenas resultaron comprensibles—. Culpa mía... No le castigues... Pablo no...

Gimena le arregló la almohada y examinó la venda que le cubría los ojos. Lali se obligó a quedarse en la puerta, a pesar de que su cuerpo le exigía que se acercase. «Estás perdiendo el sentido común», se dijo, pero la sensación persistió. Peter siguió mascullando, sin dejar de mover las manos sobre el colchón como si buscase algo.

—Gime: Da la impresión de que recuerda cosas que sucedieron cuando Pablo y él eran niños—dijo reclinándose en la silla—. A veces los dos eran castigados por gamberradas que sólo cometía Peter. Pablo nunca se quejaba, pero estoy segura de que Peter se sentía culpable.
Lali no podía imaginar a Peter sintiéndose culpable por razón alguna.
—Lali: Alors, ¿rivalizaban entre ellos? —preguntó.
—Gime: Oh, sí. —miró con tristeza la cara barbuda de Peter—. Tengo la impresión de que durante la niñez su padre los ignoró bastante. Nico se desentendió de todo tras la muerte de su esposa. Aparte de enseñarles disciplina a sus hijos, no hacía gran cosa con ellos. Todo el mundo en Nueva Orleans opinaba que Pablo era el hermano bueno y Peter el malo. Fue un suplicio para los dos.
—Lali: Supongo que Peter sentía celos de Pablo.
—Gime: Oh, sentían celos mutuos. Pero se habrían defendido el uno al otro a muerte. —se puso en pie y se estiró, entumecida sin duda por las muchas horas pasadas junto a la cama.
—Lali: Ya lo vigilaré yo —se ofreció.
—Gime: Non, mera, no puedo pedirte algo así. Enviaré a Julia.
—Lali: No me representa ningún problema —dijo con determinación—. Recuerda que mi padre era médico. Los convalecientes no me son ajenos.

Gimena le echó un vistazo al cuerpo medio desnudo de Peter.
—Gime: Pero lo que hay que hacer con él...
—Lali: Yo soy... he sido una mujer casada —replicó sin alterar la voz—. No me va a sorprender. Julia es de mayor ayuda en la plantación, y yo hoy no tengo nada que hacer. —Le hizo un gesto a Gimena para que se marchase, como si el asunto ya estuviese arreglado.

Gimena la miró con extrañeza.
—Gime: Sé lo que sientes por Peter, Lali. Sé lo mucho que te desagradaría encargarte de él.
—Lali: Las mujeres francesas somos prácticas. No permitiré que mis sentimientos interfieran en lo que tengo que hacer.
Gimena no apartó la mirada, hasta que se encogió de hombros.
—Gime: Muy bien. Julia y yo nos encargaremos de las labores de la casa. Si hay algún problema, envía a Carrie o a Lena en busca nuestra. Gracias, Lali.
—Lali: No hay de qué. —se sentó en una silla—. Gimena, ¿por qué huyó de aquí cuando era joven?

Gimena se detuvo en la puerta y reflexionó sobre la pregunta.
—Gime: En parte por cuestiones familiares, y en parte debido a la naturaleza de Peter. Rechazaba cualquier tipo de autoridad, especialmente la de su padre. —Soltó un suspiro.

Lali no habría podido explicar por qué estaba tan dispuesta a estar con Peter en ese momento. Sólo sabía que tenía que quedarse. Lo miró, recordando cómo aquel poderoso cuerpo la había tomado, su fuerza instintiva penetrándola... ¿Qué tendría que sentir hacia él? La había herido y humillado, pero también le había salvado la vida.
—Lali: Eres una de las visiones más desagradables del mundo —le dijo—. Monstruo terrible. Podría creer que fueses hermano de Pablo, pero no su gemelo. Tienes los mismos ojos, pero es de lo único que puedes presumir. —Le tocó el vendaje que cubría su cara—. Y tal vez ya ni eso.

Pasó los dedos por el vendaje. El dejó de mover la cabeza, como si hubiese sentido su roce. Un leve gruñido escapó de sus labios.
—Lali: Puedo entender que tuvieses celos de Pablo. —dudó antes de tocar su melena. Era algo bárbaro que un hombre llevase el pelo tan largo, pero era tupido y suave al tacto—. Pablo era todo lo que un hombre debe ser —prosiguió—, y tú eres todo lo contrario. ¿Cómo es posible que fueran hermanos? Pablo era tan amable, tan educado, y tú... No hay ni un ápice de decencia en ti. —Su mirada se hizo distante—. Lo sé todo sobre la envidia. Tengo hermanas menores. Son chicas muy guapas que no tienen miedos ni inhibiciones... —Se detuvo y sonrió pesarosa—. Tú ya conoces mi falta de encanto. —La sonrisa se borró de su cara—. Me deseaste porque era la esposa de Pablo, ¿n'est-ce pas? Pensaste en mí como en un objeto al que robar, para después deshacerte de él. Pero Pablo me deseaba por mí misma. Tú nunca entenderás eso. Nunca entenderás un sentimiento semejante hacia una mujer, y debido a eso nunca sabrás lo que es sentirse amado de verdad. Merece la pena sentirlo incluso durante un período breve de tiempo...

Se detuvo abruptamente al darse cuenta de que estaba acariciándole el pelo a Peter. Apartó la mano. ¿Qué la llevaba a comportarse de un modo tan extraño con él? Alterada, pasó a ocuparse de los ungüentos y las botellas que había sobre la mesita de noche. 


Los demonios le atacaban, arrancándole la piel con sus largas y negras garras, sacándole los ojos. Atado y amordazado, Peter no podía hacer otra cosa que retorcerse atormentado, sofocando los gritos en su garganta. El fuego y el humo lo rodeaban, y él se deslizaba hacia el mismo centro del infierno. De repente sintió algo fresco en el rostro, y una presencia que espantó a los demonios. Jadeó aliviado. Los demonios esperaban a cierta distancia, dispuestos a reanudar la tortura. Podía oír sus risas mientras le observaban.

Oyó un sonido amable, el susurro de un ángel que era toda una promesa de paz y seguridad. Se concentró con todas sus fuerzas en esa fuerza protectora, deseando que se quedase a su lado. Los demonios volverían a acercarse, vendrían en su busca una vez más. No podía enfrentarse a ellos solo.

Continuará...
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CAPITULO 27




Lali se quedó observando cómo las dos mujeres le quitaban a Peter lo que le quedaba de ropa. Verle desnudo la conmovió; no cabía duda de que el recuerdo de aquel poderoso cuerpo seguía muy vivo en su interior. Dado que había asistido a su padre en alguna ocasión cuando atendía a sus pacientes, había entrevisto cuerpos masculinos, pero ninguno tan robusto y viril. A pesar de las heridas, todavía le rodeaba un aura de coraje, como si fuese un león dormido que muy bien podría despertar en cualquier momento.

Por la puerta apareció una sirvienta con una jofaina de agua humeante, y Lali se la quitó de las manos asintiendo. La dejó junto a la cama y recogió los jirones de tela que Gimena había tirado al suelo. Julia se los arrebató de las manos arrugando la nariz debido al olor.

—Julia: Traeré trapos limpios —murmuró el ama de llaves—. Y quemaré éstos.
—Lali: Bonne idée —dijo, y metió un trapo en el agua caliente y lo escurrió con cuidado. Sintió una extraña y desagradable sensación al ver los párpados sanguinolentos de Peter. Se preguntó cómo podía sentir compasión por aquel odioso bribón.
—Gime: Jamás he visto heridas como éstas —dijo casi entre dientes, echando un vistazo debajo del vendaje que Peter tenía en un brazo.

Lali observó que a Gimena le temblaban las manos. Se hizo cargo de la tarea y retiró la venda, viendo que la herida abierta estaba tan infectada como las demás.

—Lali: Yo sí —dijo con calma, dejando el vendaje a un lado—. Cuando los austriacos y los prusianos marcharon sobre París. El emperador Napoleón había convertido Francia en una nación de soldados. Un muchacho que había sido herido en la resistencia... —Se detuvo buscando las palabras adecuadas en inglés—. Depuis trois ans... Desde tres años...
—Gime: Hace tres años —la corrigió Gimena.
—Lali: Sí. Llevaron al chico a su casa de París. Llamaron a mi padre y yo le acompañé. El muchacho tenía heridas parecidas a éstas. —presionó el trapo caliente contra las costillas de Peter y su cuerpo se estremeció. Tendrían que volver a abrir y limpiar el costado—. Mi padre me dijo que eran heridas propias de guerra.
—Gime: ¿Murió el joven? —preguntó.

Lali asintió, recogiendo la larga cabellera de Peter para apartarla de su cara sucia y sus hombros.
—Lali: El peligro es la infección. Si logramos contener la infección y la fiebre...
—Gime: Tenemos que hacerlo —dijo con determinación—. Por Nico.

Lali estaba anonadada por la compleja relación que mantenían padre e hijo. Sin duda estaban distanciados por un problemático pasado que ensombrecía lo que uno sentía por el otro. Pero la preocupación de Nicolás por Peter era innegable. Lali sabía que le destrozaría tener que afrontar la pérdida de otro hijo sólo unos meses después de la muerte de Pablo. Y al mirar al malherido se vio alterada por otro pensamiento... Si debido a una especie de milagro Peter sobreviviese, probablemente se quedaría ciego. La imagen de sus penetrantes ojos verdes se le presentó de repente. Lo conocía lo suficiente para saber que Peter escogería la muerte antes que tener que enfrentarse a una vida en la que dependiese de otras personas.

Dejando de lado estas consideraciones, Lali empezó a cortar los puntos de sutura del costado.

—Gime: La plantación está llena de hierbas y destilados con los que extraer veneno —señaló Gimena yendo hacia la puerta—. Estoy segura de que Julia está preparando algunas cataplasmas. Vuelvo en un minuto, ¿d'accord?
—Lali: Claro.

Lali se quedó a solas con él. Volvió a meter el trapo en el agua caliente, lo escurrió y lo colocó sobre la herida. Debía de sentir dolor incluso a pesar de la inconsciencia, porque gruñó y empezó a removerse inquieto.
—Lali: Fácilmente podría vengarme ahora, mon ami —dijo en voz baja—. Bien sûr, nunca soñaste que algún día estarías en mis manos, ¿verdad? —Frunció el entrecejo al concentrarse en sacar la materia descompuesta de la herida. Mientras lo hacía, vio cómo su pecho ascendía y descendía con un jadeo sofocado—. Pero por mucho que lo intente, no me resulta placentero verte así. —Presionó la tela contra la herida para detener la sangre fresca—. Será mejor que permanezcas inconsciente. Tenemos muchas horas de trabajo por delante.

Murmurando de forma incoherente, Peter logró alargar la mano hacia un lado. Lali la apartó y prosiguió hablando con el mismo tono mesurado.
—Lali: No, mon ami, no te muevas. Me estás poniendo las cosas más difíciles. Y no voy a permitírtelo.

Sirviéndose de una punta del trapo húmedo, le mojó el contorno de los hinchados ojos, limpiando las costras de sangre. Apoyó la palma de la mano en su mejilla al ver que intentaba volver la cara. Su roce pareció calmarlo y se quedó quieto.
—Lali: Te pondrás bien —dijo pasándole la tela por la piel, y sintió una mezcla de amargura y determinación—. No vas a morir... Tienes que recuperarte para vengar la muerte de Pablo. Dijiste que Legare pagaría por ello con su vida, y quiero que cumplas tu promesa.

Continuará...
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miércoles, 25 de diciembre de 2013

CAPITULOS 25 Y 26

Ella temblaba violentamente y las palabras de Vico no penetraban el muro de terror que la obnubilaba.

Vico prosiguió con voz suave:
—Vico: Tienes que ayudarme. Por eso te he estado esperando. Deja de temblar, vamos. Necesito que hagas algo por mí...
Vico se quedó helado al oír amartillarse un revólver y notar la presión del frío metal contra su sien. Una voz glacial rompió el silencio:
—Suéltala, bastardo. Ahora.
—Vico: Maldita sea... —masculló, y apañó las manos de Lali. Bajó los brazos.
Lali retrocedió sollozando con angustia y alivio. Nicolás estaba apuntando un arma a la cabeza de Vico.

El joven pirata tenía el mismo aspecto que cuatro meses atrás, una cicatriz le cruzaba la cara y un parche negro le cubría el ojo herido. Vestía pantalones, botas y una sucia camisa. Lali abrió mucho los ojos al ver que tenía un costado ensangrentado. Bon Dieu, ¿le habían herido?
—Vico: ¿Es el señor Vallerand? —preguntó, el dolor en la voz.
Nico ignoró su pregunta y miró a Lali.
—Nico: ¿Te ha hecho daño, petite bru?

Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar. Se le había cerrado la garganta para siempre.
—Nico: De acuerdo —dijo con calma—. Vamos a la casa principal. —Al ver que Lali dudaba, habló con más firmeza—. Vamos.
Paso a paso, se encaminaron a la casa.
—Vico: Antes de que hagas nada —le dijo—, creo que quieres oír lo que tengo que decirle.
—Nico: Si no te he matado por entrar en mis tierras, es muy probable que lo haga por haber atacado a mi nuera.
—Vico: No la he atacado, yo...
—Nico: ¿Quién demonios eres?
—Vico: Un idiota, eso es lo que soy —masculló e hizo una mueca de dolor cuando el revólver se apretó con más fuerza contra su sien—. Mi nombre es Vico.
—Nico: ¿Por qué estás aquí?
—Vico: He venido por el capitán Peter —respondió hoscamente.

Lali se apoyó contra el muro exterior de la casa. El miedo disminuyó en su garganta. Ya respiraba con más facilidad. En ese momento Nicolás dejó que Vico se volviese hacia él.
—Vico: Ojalá lo hubiese dejado tirado en el apestoso pantano y me hubiese largado —dijo con aire taciturno, relajando la postura hasta encorvarse—. Le han disparado, parece un colador. No quería seguir adelante, pero yo pensé que...
—Nico: ¿Dónde está? —preguntó con rudeza.
Vico hizo un gesto hacia el agua.
—Vico: Allí abajo, en el bote.
—Nico: ¿Hay alguien más?
—Vico: No, nadie. Lo juro por la tumba de mi madre.

Los dos hombres miraron hacia la pendiente donde estaba el bote, y Lali les miró a ellos con los ojos muy abiertos. Peter estaba herido, tal vez incluso moribundo. ¿Había peleado con Legare? Restregó las sudorosas palmas contra el vestido y siguió a Nico y Vico, empujada por la curiosidad y por alguna clase de emoción a la que no se atrevió a poner nombre. Una ramita se quebró bajo su zapato y Nico echó un vistazo por encima del hombro. Sus miradas se encontraron y ella se detuvo dubitativa. Para su alivio, no le dijo que regresase a la casa, sino que se volvió y siguió caminando hacia la orilla. Los hombres alcanzaron el bote y miraron en su interior. Nico tensó los hombros visiblemente.

Lali se acercó a su suegro y contuvo la respiración. Allí estaba Peter, cubierto con ropa sanguinolenta y vendas. Estaba inconsciente, aovillado en medio de la pequeña barca. Tenía la cara ladeada, pero Lali pudo ver su espesa barba. Una de sus manos, con la palma hacia arriba, estaba sobre las húmedas tablas, con los dedos ligeramente flexionados. Resultaba extraño verlo así, un hombre de semejante vitalidad y poder, reducido a una total indefensión. Lali miró a Nico, que aún no había dicho una palabra. Su faz parecía tallada en mármol.

—Vico: No podía arrastrarlo —comentó—. Fue un infierno cargarlo en el bote.
Nico le entregó el arma a Lali, cerrándole los dedos alrededor de la empuñadura con cuidado.
—Nico: El gatillo es delicado —dijo con brusquedad.
Ella asintió, palideciendo al recordar la última vez que había sostenido una pistola.

Nico miró a Vico de soslayo.
—Nico: Tú vendrás a la casa con nosotros. Quiero hablar con vos en privado.
Vico protestó.
—Vico: Ni hablar, ya he hecho lo que tenia que hacer. El barco y la tripulación esperan mi regreso. Llevese a su hijo y haga lo que pueda por él. Yo ya no puedo cuidarlo, ¡ni siquiera sé si podría mantener mi cabeza fuera del agua! Aquí estoy en peligro, y en cualquier momento...
—Nico: No tienes alternativa.
Vico miró el revólver, preocupado por el modo tembloroso en que Lali lo sostenía.
—Vico: Querida, no hay necesidad de que me apuntes con eso...
—Nico: Taisez-vous —dijo Nico secamente, haciéndolo callar.

Lali se preguntó si Peter seguiría vivo. Estaba inmóvil. Nico se adentró en el agua hasta que le cubrió los tobillos. Se inclinó sobre el bote y alzó el cuerpo inerte para cargárselo al hombro, resoplando por el esfuerzo. Se encaminó con dificultad hacia la casa, con Lali y Vico tras él.

CAPITULO 26


Lali seguía apuntando a Vico mientras caminaban. Ver a Vico, por no hablar de Peter, le había traído de vuelta todos los oscuros recuerdos de la isla de los Cuervos. No había razón alguna para confiar en Vico más que antes. Su mente era un hervidero de preguntas.

—Lali: ¿Ha sido Legare? —preguntó en voz baja.
—Vico: Sí, Legare nos ha seguido los pasos sin descanso. Tiene hombres en todas partes. No hay lugar donde podamos descansar. Legare atacó el Vagabond en el Golfo, hará cosa de dos semanas. A Peter le pilló la explosión de un cañón, y ahora... está muy mal. Maxi, yo y un par de tipos más lo escondimos en un lugar para descansar y reponerse, un terreno cerca del pantano donde... —Se aclaró la garganta—. Pues bien, el maldito Legare casi acaba con nosotros. Llegó por tierra y lanzó un ataque sorpresa. —Sacudió la cabeza, y añadió con orgullo—: Nuestros hombres lucharon como chacales y Legare tuvo que retirarse. —Su infantil entusiasmo se esfumó al proseguir—. Por supuesto, cuando pudimos sacar a Peter de allí, no quedaba mucho de él.

—Lali: Se han puesto en peligro trayéndolo aquí —dijo con voz queda—. ¿Por qué no le abandonaron y procuraron ponerse a salvo?
—Vico: ¿Abandonarlo? —replicó, sintiéndose insultado—. ¡Y lo decís después de lo que hizo por vos! Yo iría al infierno por Peter... Perdí un ojo por él, sí, y él haría lo mismo por mí o por cualquiera de los miembros de su tripulación.
—Lali: Lo que él hizo por mí —repitió con amargura. Peter Vallerand... Capitán Peter... Fuera quien fuese, era un hombre cruel y vil. De no haber estado tan malherido, ¡se habría sentido tentada de hacerle más daño aún!

Entraron en la casa por las puertas francesas de una de las habitaciones traseras y Gimena salió a su encuentro. Julia le pisaba los talones. Sin comprender lo que sucedía, Gimena observó aquel extraño desfile, con los ojos clavados en la carga que su marido llevaba a cuestas.
—Gime: Nico...
—Nico: Vamos arriba —dijo su marido casi sin aliento.

Llevó a su hijo hasta el dormitorio que Peter había ocupado siendo niño, deteniéndose mientras Gimena corría a encender las lámparas. La habitación estaba decorada de forma espartana, con sencillos muebles de caoba, incluida una cama con altos postes cubierta con damasco escarlata. A toda prisa, Gimena retiró el cobertor y Nico dejó a su hijo malherido sobre las blancas sábanas de lino.

Durante un momento nadie dijo nada, mientras Gimena y Julia corrían de un lado para otro de la habitación. El ama de llaves trajo toallas y material de primeros auxilios. Gimena cogió unas tijeras y empezó a cortar las maltrechas ropas y los mugrientos vendajes. Lali le entregó el revólver a Nico sin mediar palabra. Se colocó en un lado de la habitación con las manos entrelazadas, observando la naturaleza de las heridas de Peter.

Una bala le había perforado el hombro derecho, y otra el muslo. Tenía heridas de espada en el torso, en tanto que moretones púrpuras señalaban los puntos en que se le habían roto las costillas. Rastros de sangre reseca salían de sus fosas nasales y del oído. La piel mostraba múltiples quemaduras de pólvora y laceraciones. Había una peculiar herida dentada en el costado derecho que parecía causada por un cuchillo. Había sido cosida con poca traza y no parecía muy limpia.

—Vico: Maxi y yo le extrajimos las balas —murmuró—. No crean que hay demasiadas posibilidades de salvarlo a estas alturas.
Lali no abrió la boca, pero estaba de acuerdo con Vico.
Gimena lanzó una exclamación al sacarle el vendaje que le cubría los ojos.
—Vico: Cegado por la explosión.

Instintivamente, Lali dio un paso adelante. Gimena la detuvo con un firme gesto.
—Gime: Julia y yo cuidaremos de él. Tal vez los demás deberíais salir.
—Lali: ¿No tendríamos que llamar a un médico? —preguntó, sorprendida por la tranquilidad que transmitía su voz.

Nico sacudió la cabeza apañando la mirada de su hijo.
—Nico: Si se supiese que mi hijo está aquí, las autoridades federales se nos echarían encima, por no hablar de los cazarrecompensas. Tengo que mantenerle a salvo de todos ellos sin importar las condiciones en que se encuentre.
—Vico: Así es —convino—. Para hombres como Peter o yo no hay puerto seguro.

Nico volvió a mirar a Peter.
—Nico: Tenemos que hacer todo lo posible por él y esperar que... —Flaqueó y aflojó la mandíbula. Cuando volvió a controlar sus emociones, caminó hacia Vico y le indicó la puerta de la habitación—. Tengo algunas preguntas que hacerte.

Continuará...
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Hola chicas! Tengo una propuesta! :) He pensado en hacer una mini maratón!!! Que os parece? Dejadme vuestra opinión abajo. Si no quereis está bien, si os parece bien, subo a media noche, SI HAY 10 comentarios. Si no, se cancela! @MaluftLali